A Dan Guadaña, porque te quiero.
.
En una de las angostas calles de Jauja, don César y su comadre se encuentran a menudo para conversar. Don César estaba fastidiado con la limeña actitud de José, según le han contado. Pero su comadre no se fía de la fuente de información de don César.
- Cuando José llegó a Lima se volvió pituco, cuentan, dicen que ya no conoce ni reconoce a sus paisanos. Ese día que el Wilder fue a visitarlo ni lo recibió el pituco, ése –dijo don César obviamente ofendido.
- ¿Por qué habrá sido, no? –preguntó su comadre.
- Por lo mismo que está en Lima, pe. Allá todos son unos creídos.
- No sé, don César, para mí José seguirá siendo el mismo buen hombre que tanto me ayudaba cuando Armando me abandonó y mi miseria era previsible.
- Nadie es de fiar, en estos tiempos todavía menos, y de los limeños, pior, comadre. Créame lo que le digo, yo sé bien cómo son esos limeñitos, caray.
- Pero José no es limeño, no señor. Vivirá allá y todo, pero sigue siendo bien cholo, jaujinazo de Jauja. Ya verá usted, don César, cuando regrese José.
- Ay, comadre. Qué ingenua resultó usted. ¿Acaso cree que regresará? De ninguna manera. Allá se ha crecido, se a nacionalizado limeño, comadre. ¿Cómo era la palabra? Lo leí hace poquito en el periódico –mustió su rostro y levantó las pupilas para recordar–. Haya, se ha aburguesado.
- Usted da risa, don Cesar. Siempre usando palabras técnicas. Más bien usted parece limeño.
- Antes muerto. Yo me debo a mi Jauja, aquí nací, crecí y aquí quiero morirme.
- Era una bromita nomás, don Cesar. No se ponga usted áspero.
- Está bien comadre. Pero no vuelva a insinuar tal pretensión que me da urticaria.
- Cómo se comerá eso, don César. Más mejor, a mí me parece que lo que le da es cólera.
- Bueno, bueno, bueno. Regresemos a Lima.
- Total, no que se muere aquí, don Cesar. Qué cambiante es usted. Ya veo por qué dice que nadie es de fiar.
- Ay, comadre. Me refería al tema. Estábamos hablando de Lima y de José, el pituquito.
- Sí, es cierto. Yo no voy a creer que José se ha vuelto tan malo como dice Wilder. Ver para creer, don César.
- En eso tienes razón. Pero yo creo todavía que esos limeños se creen mucho por nada.
- Quién sabe.
- Wilder sabe, pues, él ya estuvo allá.
- A lo mejor nos ha mentido el canalla del don Wilder. No sería la primera vez.
- Eso sí. Usted tiene la razón, comadre. Mañana mismo me voy para Lima.
- Usted está loco de remate.
- Espero que sí, comadre. Me llamo Don César Quispe Huanca, caray. Y tengo que hacerle honor a mi apellido de aventurero.
- ¿Qué significa tu apellido, don César?
- Vaya usted a saber, comadre. Lo que importa es la sangre, y que toda mi familia ha sido nómada. Sólo yo me he quedado en esta ciudad. Ya basta.
- No le entiendo ni jota; pero lo voy a extrañar mucho.
Al día siguiente don César subió al bus que lo llevó a Lima. Una vez allí reconoció que con la dirección que José le dio a Wilder no bastaba para encontrarlo en tamaña ciudad. Por más que preguntó y preguntó, gastando su dinero en hospedajes, no pudo dar con la casa de José. Lima era muy grande para él, en consecuencia, después de dos semanas se regresó a Jauja. Ganas de difamar a José no le faltaban, entendía a la perfección el comportamiento de Wilder.
Cuando llegó a Jauja se encontró con José por el camino. Le dijo que se iba a Lima de nuevo y le invitó a irse juntos, también le prometió enseñarle Lima de íntegro. Don César le agradeció el cariño, pero “no gracias”, le dijo. En mi Jauja me la paso de maravillas. Dos días después su comadre le dijo que, en efecto, José ya no es el mismo, lucía más serio y cansado.
- Cuando José llegó a Lima se volvió pituco, cuentan, dicen que ya no conoce ni reconoce a sus paisanos. Ese día que el Wilder fue a visitarlo ni lo recibió el pituco, ése –dijo don César obviamente ofendido.
- ¿Por qué habrá sido, no? –preguntó su comadre.
- Por lo mismo que está en Lima, pe. Allá todos son unos creídos.
- No sé, don César, para mí José seguirá siendo el mismo buen hombre que tanto me ayudaba cuando Armando me abandonó y mi miseria era previsible.
- Nadie es de fiar, en estos tiempos todavía menos, y de los limeños, pior, comadre. Créame lo que le digo, yo sé bien cómo son esos limeñitos, caray.
- Pero José no es limeño, no señor. Vivirá allá y todo, pero sigue siendo bien cholo, jaujinazo de Jauja. Ya verá usted, don César, cuando regrese José.
- Ay, comadre. Qué ingenua resultó usted. ¿Acaso cree que regresará? De ninguna manera. Allá se ha crecido, se a nacionalizado limeño, comadre. ¿Cómo era la palabra? Lo leí hace poquito en el periódico –mustió su rostro y levantó las pupilas para recordar–. Haya, se ha aburguesado.
- Usted da risa, don Cesar. Siempre usando palabras técnicas. Más bien usted parece limeño.
- Antes muerto. Yo me debo a mi Jauja, aquí nací, crecí y aquí quiero morirme.
- Era una bromita nomás, don Cesar. No se ponga usted áspero.
- Está bien comadre. Pero no vuelva a insinuar tal pretensión que me da urticaria.
- Cómo se comerá eso, don César. Más mejor, a mí me parece que lo que le da es cólera.
- Bueno, bueno, bueno. Regresemos a Lima.
- Total, no que se muere aquí, don Cesar. Qué cambiante es usted. Ya veo por qué dice que nadie es de fiar.
- Ay, comadre. Me refería al tema. Estábamos hablando de Lima y de José, el pituquito.
- Sí, es cierto. Yo no voy a creer que José se ha vuelto tan malo como dice Wilder. Ver para creer, don César.
- En eso tienes razón. Pero yo creo todavía que esos limeños se creen mucho por nada.
- Quién sabe.
- Wilder sabe, pues, él ya estuvo allá.
- A lo mejor nos ha mentido el canalla del don Wilder. No sería la primera vez.
- Eso sí. Usted tiene la razón, comadre. Mañana mismo me voy para Lima.
- Usted está loco de remate.
- Espero que sí, comadre. Me llamo Don César Quispe Huanca, caray. Y tengo que hacerle honor a mi apellido de aventurero.
- ¿Qué significa tu apellido, don César?
- Vaya usted a saber, comadre. Lo que importa es la sangre, y que toda mi familia ha sido nómada. Sólo yo me he quedado en esta ciudad. Ya basta.
- No le entiendo ni jota; pero lo voy a extrañar mucho.
Al día siguiente don César subió al bus que lo llevó a Lima. Una vez allí reconoció que con la dirección que José le dio a Wilder no bastaba para encontrarlo en tamaña ciudad. Por más que preguntó y preguntó, gastando su dinero en hospedajes, no pudo dar con la casa de José. Lima era muy grande para él, en consecuencia, después de dos semanas se regresó a Jauja. Ganas de difamar a José no le faltaban, entendía a la perfección el comportamiento de Wilder.Cuando llegó a Jauja se encontró con José por el camino. Le dijo que se iba a Lima de nuevo y le invitó a irse juntos, también le prometió enseñarle Lima de íntegro. Don César le agradeció el cariño, pero “no gracias”, le dijo. En mi Jauja me la paso de maravillas. Dos días después su comadre le dijo que, en efecto, José ya no es el mismo, lucía más serio y cansado.


Que gracioso.
ResponderEliminarMUY INTERESANTE Y PROFUNDO LO QUE ESCRIBES-.
ResponderEliminarsuber lindo escribes amorcitop....
ResponderEliminar