martes, 23 de agosto de 2011

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De ojos errantes...

Con afecto,

A.

sábado, 5 de marzo de 2011

Ojala sea así...

Desde que Antonio llegó a Lancaster (una pequeña ciudad al suroeste de Columbus, Ohio) no había visto el color verde de las plantas en los parques sino el gris tenue y blanco resplandeciente de la nieve. El viento era gélido de tal manera que respirarlo le provocaba un dolor nasal irresistible. En los pequeños bosques que adornan y que circundan la ciudad, Antonio admiraba a los árboles calvos, fúnebres, que parecían carentes de vida por el día y tenebrosos por las noches. En las noches, Lancaster desaparece como si jamás hubiera existido. En las noches, cuando Antonio se anima a caminar unas cuadras alrededor del hotelucho que lo hospeda, la carretera que se dirige hacia el centro ciudad le parece un camino olvidado que se destina quizás al infierno. Siente miedo cuando evoca las fascinantes historias góticas de Allan Poe, y recita “el cuervo” hasta donde se acuerda mientras intenta divisar sus pies en la penumbra. Lo recita mal y lo sabe porque Antonio olvidó recitar desde la primaria cuando ganó varios concursos de poesía y ponía orgullosos a sus padres.
El frío quema. Antonio jamás pensó que iba a necesitar bloqueador o lentes de sol en el día, en invierno. Ambas cosas tuvo que comprarlas en Lancaster. El sol aparece cerca de las siete y media de la mañana y se despide a las cinco y media de la tarde. En realidad, el sol no aparece sino que se oculta tras las nubes espesas que convierten el cielo en una especie de pantalla gris uniforme. No se parece al cielo de Lima en invierno porque en Lancaster el cielo parece más cercano (así como el infierno por las noches, y Allan Poe y los cuervos y la muerte).
Cuando nieva, Antonio prefiere quedarse en su cuarto, pero no siempre se queda en su cuarto. A veces corajudo se le enfrenta al clima y sale a quemarse de frío. Una vez le salió sangre por la nariz y pensó que iba a morirse. Se rió cuando pensó en la muerte, no podría morir en otro lugar mejor que en Lancaster porque es una ciudad muy pequeña, muy oscura y le quedarían cerca el cielo y el infierno. Y podría alternar entre ambos de cuando en cuando. Lancaster es el limbo o el purgatorio.
La semana pasada, Antonio se levantó asustado y despertó a sus compañeros para preguntarles si estaban vivos, era una sospecha que no podía soslayar en aquel momento. Le respondieron que sí y que, por favor, les dejara dormir. Antonio insistió en que hicieran un esfuerzo e intentaran recordar si habían muerto en su país. Antonio estaba casi seguro que él había muerto en el Perú, poco antes de Agosto, y que Lancaster probablemente era un tipo del Comala de Juan Rulfo. Pero también existía la posibilidad de que él esté vivo como en un comienzo lo estuvo Juan Preciado. De todas maneras moriría o, en una de sus caminatas nocturnas, descubría una lápida con su nombre y un epíteto que tal vez recite: Antonio Bardales (1988 - 2010), murió de pena en Lancaster pero en algún momento también fue feliz en Lima. Sus amigos negaron haber muerto en ninguna parte y le rogaron que, por lo que más quiera, los deje dormir.
Aquellas fascinaciones sobre su mortandad, el infierno, el cielo y los cuervos, mantenían, de algún modo, cuerdo a Antonio, puesto que así escapaba de la realidad que siempre es menos interesante que la ficción. Antonio es escritor, más bien negro literario y, como tal, conoce acerca de la naturaleza enrevesada y magnífica de la ficción. Como negro literario pocas veces ha sentido el placer de vivir sus propias ficciones. En Lancaster, sin embargo, mal que bien, las inventa, las vive. Aunque no las escribe, sólo en algunas madrugadas cuando publica en su blog.
Pero la última semana el sol apareció en el cielo con poder primaveral y luchó contra la nieve y prevaleció. Días tras día, Antonio miraba cómo lo que antes estaba cubierto de nieve era pasto y vereda. Y cómo Lancaster renacía y en los bosques que antes pertenecían a los cuervos aparecían las ardillas. Ayer aprovechó para caminar mayores distancias. Primero llegó a la carretera que ya no parecía conducir al infierno, todo lo contrario, parecía que llevaba hacia algún lugar empíreo. Así fue, Antonio llegó, por primera vez desde que arribó en Lancaster, a la biblioteca del condado. Entró conteniendo las ganas de reír como un loco, y le temblaba el vientre en pequeños espasmos de regocijo como si hubiera tenido un orgasmo. Rápidamente buscó a Allan Poe, pero con el día soleado y menos tenebroso que había visto en Lancaster, prefirió a Hemingway echando de menos a Juan Rulfo.
Y leyó.
Y reparó en que estaba muy vivo y muy feliz.
Anthony Yupanqui Lorenzo

miércoles, 7 de octubre de 2009

Un Mundo Diferente

A una persona que conocí en la biblioteca.

Me disculparán ustedes los errores de “tipeo” de la entrada anterior. Y es que sí las puedo corregir, pero no quiero. Además que ayer estaba como ebrio, como acongojado y loco. Tenía sueño, no había dormido en dos días. Bye the way, Me parece genial publicar entradas en estados extraviados, se leen medio barroco y medio abstracto. Finalmente, se leen mal pero bonito.
En fin (Al fin), me detengo frente a una puerta cerrada. Me dispongo a abrirla, me acerco un poco más. Respiro. Contengo la respiración, me duelen las manos de sólo pensar que tienen que mover el timón de la puerta. Sudo. Cojo el mango de la puerta con la mano derecha. Doy vuelta. Tiro con fuerza...
Me esperaba un mundo diferente. Un lugar mejor. Una salida, era mi libertad. No bien di los primeros pasos hacia fuera de la puerta solté lentamente la respiración y volví a exhalar. Qué emoción. Le sonreí a la chica que me daba la mano. Se llamaba Seshira y era una dragona de ojos preciosos. Me invitó una limonada y me regaló uno de sus hijos porque tenía muchos y no podía lograr que todos vayan a la universidad.
Corrí hasta el fondo del nuevo mundo. Tuve que surcar algunos mares púrpuras y amarillos, algunas eran medio verdosas y celestes como las de la Tierra. No viajé sólo como lo hacía en ese lugar, casi olvidado, de donde salí temeroso hacía bastantes años, que se iba convirtiendo en un triste recuerdo. No estaba solo, no. Me acompañaba Sonia, la dulce. Ella era una mujer de chocolate blanco, como el sublime blanco. Pero ella era de otra marca, y me comí muchas veces sus cabellos para emparejarlos cuando éstos se horquillaban. Nunca tuvimos hambre, nos teníamos el uno al otro.
Terminamos enamorándonos. Pero antes sólo nos gustábamos, desde el primer día cuando me invitó a viajar con ella y alquilamos el crucero Lombarda. Y le pedí que sonriera para mí y lo hizo con sinceridad y se puso más blanca y más dulce hasta dolerme. Me tomó de la mano y me jaló para sí. Me susurró en el oído una frase lacónica que hoy, después de muchos años, no he podido olvidar. Gracias Sonia, mi sublime blanco de otra marca. Me has liberado de la puerta triste y te estás ganando mi corazón.
Por fin, me siento libre. I'm free. I'm alone. Es verdad que en ese otro lugar tuve muchas alegrías y otro amor, se llamaba María Julia Velarde Soncco, que por cierto, se esfumaba por ratos dejándome en la miseria emocional y por ratos aparecía con muchas sorpresas. Que me decía muchas cosas, pero que sus acciones no coordinaban con sus palabras. Por eso mismo huí. Por eso crucé la puerta, sí, con mucho miedo. Pero aquí la estoy dejando de querer, desde aquí me olvido de ese otro amor que me causaba tantas penas y rencores, tantos sabores ácidos. Por eso... por eso... y por eso... Sonia sabe muy bien lo que está sucediendo y me tiene paciencia, por mientras, dice: “cómeme un poquito más, cariñito, hoy quiero el cabello corto, pero bien cortito”.
Por eso yo la baño de ternura. Y a veces, sólo a veces, extraño un poco ese otro lugar. Muchas veces no.

Despierto.