martes, 21 de julio de 2009

El Olorcito Más Anhelado



Es de mediana estatura, cabello corto con ciertas hondas que lo hacían lindo. Tenía la nariz perfecta, ojos marrones pero claros. Se quejaba de tener manos pequeñas, pero ya no tenía importancia. Usaba camisas y pantalones formales, se había olvidado de los jeans holgados y los polos extravagantes que caracterizaron su pasajera adolescencia. Estaba, como todas las noches, sentado frente a su ordenador. Usaba una chompa porque no quería enfermarse ni sentirse enfermo. Sin embargo, tenía los ojos humedecidos de emoción. Uso sus puños para secarlos. Suspiró. Releyó el mismo mensaje de ayer, sentía que al leerlo otra vez y muchas veces, le ayudarían a concentrarse mejor. Bebió un poco de agua. Se secó la barbilla con los mismos puños que secaron sus ojos.
Hizo tronar los dedos. Intentó forzar una sonrisa para empezar y se puso a escribir:

Estimada Mariella,
1.

No sé cuando nos alejamos del todo. Obviamente ha sido un proceso complicado. Yo queriéndote hasta dolerme mucho, y tú que me recibías con mucho aprecio y pena por lo que había sucedido entre nosotros y, sobretodo, por lo que se nos venía inminentemente. Sin embargo, Mariella, yo nunca dejé de pensar en ti como te imaginas, como expusiste en ese mensajito tan tenebroso que me enviaste ayer al correo electrónico. Te sigo queriendo con muchas ganas, con la misma sinceridad que acusaste, alguna vez, de hipócrita.
Sólo quiero que sepas que te entiendo, que espero que me perdones, que, a pesar de todo, te extraño. Ayer intenté llamarte. Cruzaba los dedos para que atiendas el teléfono celular. No usé una llamada privada ni otros métodos más eficaces. Usé mí número, entendiendo que me arriesgaba a que no respondieras o que me insultaras por el auricular con toda la suelta e inflamada lengua que desearas usar en ese momento. Sé que no tratas a mal a nadie, jamás me insultaste ni me faltaste el respeto, ni me trataste mal; pero yo, que soy tan fatalista, me esperaba lo peor. Con todo, no me me atendiste el celular. Por esa razón lo intenté más tarde, a la media noche; y, al parecer, apagaste tu celular porque me respondió tu buzón de voz, me indicaba que deje un mensaje. Lo hice: Hola Mariella, soy Joaquín, sólo te llamaba por el mensaje que me escribiste, gracias por acordarte de mí; espero que me respondas, éste es mi número de celular, te lo digo porque tal vez lo has olvidado. Nunca olvidé el tuyo, un abrazo. No sé si aquello me alivió o me dejó más caótico, estoy seguro que ha sido un sincretismo emocional bastante indescriptible, completamente abstracto, casi poético.
Te hice tanto daño, Mariella, tú, que eres tan buena; tú que no me hiciste nada. Dianita, la chinita, me contó que sigues con Zamir y que ahora él ha salido hasta en la televisión y cantando, nada menos. Un logro bastante afortunado para una persona soñadora como él. Me alegro mucho que sigan juntos, en serio. Nunca intenté discutir contigo la carrera musical que él escogió; aunque apoyé enfáticamente la posición de tu familia respecto al futuro de los músicos en nuestro país, a pesar de aquello: tú y yo no tocábamos el tema en nuestras conversaciones, nos limitábamos a burlarnos de nuestros propios infortunios, de cómo tú y yo no terminamos juntos.
A mi mente llega una escena preciosa, aquella vez que viajamos con tus amigos a Cusco. Tú me pediste que no me despegara de ti porque había un chico, cuyo nombre me es difuso, bastante odioso, que querías evitar a toda costa. Lamento no hacerte el menor caso, pues, no bien vi la posibilidad de salir: huí. Me fui a conocer la ciudad con la lujosa tranquilidad de estar solo, con todo el tiempo del mundo para pensar y meditar en mi pasado y mi presente, y también en los Incas y esas cosas que se vuelven inevitables cuando estás en Cusco. Tú sabes, Mariella, que yo no admiro mucho a los Incas como el resto del mundo, yo creo sinceramente que exageran, me parece que ha sido una civilización atrasada. Mientras que en Europa ya se iba utilizando la pólvora, aquí, los admirados Incas se defendían con hondas. Tampoco creo que el Tanhuantinsuyo sea el Perú; para mí: ni el Virreinato es el Perú.

Cuando regresé de mis peregrinaciones permitidas, te vi con el chico de quien tanto huías. Por eso me entrometí, te dije: Oye, Mariella, ven aquí, vamos a la piscina, queda al otro lado de la ciudad, es temperada no pasarás frío. Asentiste con la cabeza, pero fue una mala jugada. El muchacho este se apuntó. “¿Van a la piscina? ¿Vamos?”, preguntó y le aceptaste, por eso te miré severamente. Creíste que me había puesto celoso y, a lo mejor, fue así. Pero no porque pensé que ese chico te había gustado, sino porque sentía que me robaba mi tiempo contigo. Al final, cuando llegamos al Paradise, el asunto salió mal, tú estabas linda pero no querías ponerte ropa de baño frente a él. Yo, por otro lado, no iba a entrar a una piscina temperada después de ver salir a un grupo anterior bastante cochinitos; tenía, y hasta hoy conservo, la idea de que el agua tibia ayuda a la reproducción de las bacterias. Pero el muchacho colado estaba de lo más feliz, era el alma del grupo, del trío. No bien salieron los del otro turno, entró como en su casa, como si ese lugar le fuera familiar, como si las bacterias fueran sus mejores aliadas. Me asusté mucho cuando se desvistió, no tenía un cuerpo feo, temía por su salud emocional, estaba demasiado excitado. El pobre se lanzó a la piscina haciendo una clavada espectacular a la cual llamó "el chavito", hasta tú, que detestas las locuras absurdas, admiraste con emoción la escena. Qué pena que el espectáculo se acabase en ese momento. Ahora es para reírse, le dieron un coscorrón al chavo, me estoy riendo a carcajadas, y estoy algo confundido, además. El chico, desesperado por atraer tu atención, excitadísimo, se fue, en realidad, de bruces, de cabeza contra el piso de la piscina. Se había lanzado confiado en que la piscina sea honda, pero no. Se lanzó en la zona reservada para niños. Salió sangrando por la cabeza, de esa manera terminó de contaminar la piscina con su sangre oscura y lo llevamos al hospital. Tragicómico ahora, al recordar que, en el camino, y todavía, te miraba como si fuera un héroe de guerra, un soldado raso y tú la clásica viuda del valiente gladiador, se lo notaba satisfecho, bastante seguro de sí mismo, hasta me parece verlo sonreír mientas le apretabas la mano para darle fuerzas al enfermo. Aquello fue el colmo para mí, Mariella, y te abracé frente a él y te di un par de besitos en cada mejilla, con una enorme tentación de rozar tus labios, por ese tiempo, me hubieras aceptado cualquier cosa con tal que venza mi denotada timidez. Terminamos dejándolo en el hospital y sin perder un solo minuto más, le hicimos un croquis para que regrese al hotel. Nos fuimos a recobrar el tiempo perdido. El resto del viaje me molestaste mucho por este incidente, me amenazabas con conocer a otros chicos por allí si te volvía a dejar. No lo hice.
… (Continuará)

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