A una persona que conocí en la biblioteca.
Me disculparán ustedes los errores de “tipeo” de la entrada anterior. Y es que sí las puedo corregir, pero no quiero. Además que ayer estaba como ebrio, como acongojado y loco. Tenía sueño, no había dormido en dos días. Bye the way, Me parece genial publicar entradas en estados extraviados, se leen medio barroco y medio abstracto. Finalmente, se leen mal pero bonito.
En fin (Al fin), me detengo frente a una puerta cerrada. Me dispongo a abrirla, me acerco un poco más. Respiro. Contengo la respiración, me duelen las manos de sólo pensar que tienen que mover el timón de la puerta. Sudo. Cojo el mango de la puerta con la mano derecha. Doy vuelta. Tiro con fuerza...
Me esperaba un mundo diferente. Un lugar mejor. Una salida, era mi libertad. No bien di los primeros pasos hacia fuera de la puerta solté lentamente la respiración y volví a exhalar. Qué emoción. Le sonreí a la chica que me daba la mano. Se llamaba Seshira y era una dragona de ojos preciosos. Me invitó una limonada y me regaló uno de sus hijos porque tenía muchos y no podía lograr que todos vayan a la universidad.
Corrí hasta el fondo del nuevo mundo. Tuve que surcar algunos mares púrpuras y amarillos, algunas eran medio verdosas y celestes como las de la Tierra. No viajé sólo como lo hacía en ese lugar, casi olvidado, de donde salí temeroso hacía bastantes años, que se iba convirtiendo en un triste recuerdo. No estaba solo, no. Me acompañaba Sonia, la dulce. Ella era una mujer de chocolate blanco, como el sublime blanco. Pero ella era de otra marca, y me comí muchas veces sus cabellos para emparejarlos cuando éstos se horquillaban. Nunca tuvimos hambre, nos teníamos el uno al otro.
Terminamos enamorándonos. Pero antes sólo nos gustábamos, desde el primer día cuando me invitó a viajar con ella y alquilamos el crucero Lombarda. Y le pedí que sonriera para mí y lo hizo con sinceridad y se puso más blanca y más dulce hasta dolerme. Me tomó de la mano y me jaló para sí. Me susurró en el oído una frase lacónica que hoy, después de muchos años, no he podido olvidar. Gracias Sonia, mi sublime blanco de otra marca. Me has liberado de la puerta triste y te estás ganando mi corazón.
Por fin, me siento libre. I'm free. I'm alone. Es verdad que en ese otro lugar tuve muchas alegrías y otro amor, se llamaba María Julia Velarde Soncco, que por cierto, se esfumaba por ratos dejándome en la miseria emocional y por ratos aparecía con muchas sorpresas. Que me decía muchas cosas, pero que sus acciones no coordinaban con sus palabras. Por eso mismo huí. Por eso crucé la puerta, sí, con mucho miedo. Pero aquí la estoy dejando de querer, desde aquí me olvido de ese otro amor que me causaba tantas penas y rencores, tantos sabores ácidos. Por eso... por eso... y por eso... Sonia sabe muy bien lo que está sucediendo y me tiene paciencia, por mientras, dice: “cómeme un poquito más, cariñito, hoy quiero el cabello corto, pero bien cortito”.
Por eso yo la baño de ternura. Y a veces, sólo a veces, extraño un poco ese otro lugar. Muchas veces no.
Despierto.


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