jueves, 25 de septiembre de 2008

Sandrita Querida

Una mañana y tarde y noche y utopía. Tristeza por doquier. Amor eterno, dizque, como Juan Gabriel. Nadie se da cuenta porque yo no quiero que se den cuenta tampoco. Y se cuenta así: 1, 2, 3,…
Regreso a la escuela de Carlos Philips, sexto grado de primaria, sí con mi primo Jean, el flaquito, y mi prima Marilyn, la chatita. Yo un chiquito gordito poco molesto, medio estudioso, guapetón y risueño. Recién he llegado a esa escuela, vaya usted a saber por qué, será tal vez porque dos primos de mi edad estudiaban allí, y no me creo eso tanto que digamos, conociendo a mamá y lo muchos que detesta que su hijo compita con los hijos de sus hermanos. Pero aquello no importa, yo estaba en la escuela esa, con mis primos y todo.
Oigan, disculpen este apuro, no sé qué me pasa hoy. Tengo que regresar un poco más. Dos añitos nomás, cuando estaba en cuarto de primaria, en otro colegio, sin primos ni nada de eso que tenía en el Carlos Philips.
Estudiaba en el colegio fiscalizado de Miguel Grau, en La Oroya. Ya hace un tiempo, más atrás todavía (Disculpen otra vez que siga retrocediendo), a papá lo habían trasladado a esa ciudad, y mamá, inteligentísima como siempre, tuvo la gran idea de que la familia toda se traslade a vivir con papá. “Junto con tu padre a donde sea, no vaya a ser que se me valla con una serranita de por ahí. Con los cholitos como ése hay que cuidarse.”, confesaba, de tiempo en tiempo, mi sabia madre.
Pero en vacaciones éramos Lima, después de un año escolar gélido, Lima y su verano eran apremiantes. Lima es lo justo.
Y en una de esas vacaciones veraniegas, en el de cuarto grado para quinto, a dos años de que en el trabajo a papá lo devuelvan para Lima, a dos años de mi llegada a Carlos Philips, me hice amigo de Jean Carlos Ortiz, mi primo. Ese Jean era, y es todavía, una persona juguetona y sagaz, me recibía con sus trompos o sino con canicas o sino con bambúes para hacer las cometas o sino con una pelota de fútbol. Inquieto el hombre. Me inquietaba también. A veces hurtábamos frutas de los huertos vecinos, éramos delincuentes amateurs, en proceso de formación, nos reíamos.
Todo alegría con ese Jean, todo juego y juego, vacaciones como Dios manda, hasta una vez nos aparecimos en la casa de la abuela con el cuerpo enronchado por estar jugando con la fibra de vidrio que hallamos dentro del teléfono público y malogrado de la esquina. La pobre de la abuela llamó a las tías para desesperarse juntas. Algunas tías sugirieron que nos lleven al hospital de emergencia ya que muchos has muerto por la fibra de vidrio, otras decían que ya nada se podía hacer. Y así, hasta que terminarón por sacarnos los residuos con cinta skoch. Y santo remedio.
Pero de pronto, como siempre de pronto, apareció ella, apareció dulce y apetecible, sencilla y delicada, amorosa y amistosa, Sandra. Una chiquilla poquito mayor que yo, de ojos alegres, con sus manitas delicadas, una púber, aspirante a señorita. Qué linda esa muchacha. Jean y yo, muy en cambio, éramos simples chiquillos que todavía conservábamos una voz chillada, no teníamos siquiera una espaldita varonil, ni vellos en el pubis, no teníamos nada. Y nada que ver ella con nosotros, al menos conmigo (Hasta Jean era mayor que yo). Ya ni me acuerdo como se apellidaba esa Sandrita, tan linda Sandra.
Llegó un día y se fue otro, qué barbaridad con este que no especifica nada. Es que no me acuerdo que día cayó su llegada y de su partida más o menos. Y es que ella no se fue tampoco, me fui yo. Ya entenderán, Dios mediante, como dicen los curitas.
Sandra vivía alquilada en una casa del barrio de mi primo. Qué barrio. Habitaba el segundo de una casa de dos pisos y una azotea. Jean, como es obvio, la conoció primero que yo. Después yo, como es obvio, y no tardé en enamorarme de la chiquilla, como es obvio también.
Pero este amor que no es amor y me hizo daño, me tenía con ansias de verla y todo. Habíamos cruzado algunas palabras. Ahora que lo recuerdo, Sandrita se parece mucho a Johanita, pero no tanto, las dos chinitas, de sonrisas amorosas. Sin embargo, ya con el tiempo, es decir, ahora, Sandra sigue igualita, tal como la conocí, igual de chiquita la pobre, igual de risueña y amorosa, como siempre, como nadie, todavía parece una púber, una eterna aspirante a señortia; prefiero no verla, me siento un chiquillo todavía.
Y me enamoré por esa maldita manía mía de enamorarme a cada rato, en cada puerto, como dicen. Con Sandra fue distinto, porque yo nomás me enamoré. Sí, yo solito me enamoré de ella, sin ayuda, sin Jean, sin ella, sin nada. Todo el verano del cual nunca jamás, por lo que más quiera, me arrepentiré.
Todos los días iba a visitar a Jean, dizque yo, tan amistoso con la familia. Sandra salía a su balcón o al menos se asomaba, y yo, como un completo idiota me quedaba observándola hasta que volvía a desaparecer en su sala. Y toda la tarde, todas las tardes apoyado en la ventana de la casa de Jean a fin de ver a la muchacha esa.
Creo que le dije que la quería mucho, creo que me atreví a confesarle mi amor contenido. No sé, no me acuerdo bien esto que sigue. Supongo que le dije o le escribí algo, o le dije a una de sus amigas – que las hice amigas mías – que le dijeran que me gustaba y que la quería. No me acuerdo, es tan confuso. Sólo sé que nunca sucedió nada, que, al fin y al cabo, yo estaba en pañales, tenían razón. Ella era una aspirante a señorita, y yo, un aspirante a púber o aspirante a nada todavía, si se quiere.
El último mes luchaba con dejar el trompo que tanto me gustaba y que todavía secretamente me sigue gustando. Pude dejar las canicas y las cometas, pero el trompo no. Me picaba la mano para jugar y, para colmo, en la tierra, donde se puede bailar sin miedo, donde se la puede zumbar, y, para colmazo, frente a la casa de Sandra, maldita sea. Y yo luchaba, quería tanto que hubiese un centro de rehabilitación para adictos al trompo, sin pensarlo, me hubiera internado, todo sea por Sandra, para que me vea madurito pues.
Pero como no hay ni habrá algo así, ya se imaginan que Sandra me quería, sí, pero como amigo nomás.
Ahora es tan gracioso, pero entonces era doloroso. Me veo llorando por Sandra, cerca de volver a La Oroya, ya terminando mis vacaciones. Estoy haciendo una carta donde le digo todo lo que la quiero, que no la voy a olvidar jamás de lo jamases, y que ya regreso el otro verano, espérame tantito Sandra, volveré y ya no me va a gustar el trompo, vas a ver. Y seremos enamorados, y por qué no, novios, y por qué no, esposos con el tiempo y nos vamos a morir juntos, mi amor, de viejitos. Tú eres mi amorzote, la única en mi vida, Sandra. Sin ti, mi vida es una baratija salada, contigo un dulce chocolatito holandés. Compraremos dos casas, amor, dos grandotas: una frente al mar y otra en la pradera. Y te voy a cuidar bastante, te voy a llenar la casa de rosas rojas como nuestros corazones. También te daré un beso, Sandra, un besote, como en las novelas que ve mi mamá, así de grandes y apasionados, también haremos el amor toda la noche, por ti nomás, todo por ti y para ti, Sandra.
El día de volver llegó sin pena ni gloria para mí. Un día antes de viajar la llamé a su teléfono fijo, por ese tiempo no había muchos celulares. Le dije que me iba y que se cuide, me deseo lo mismo, yo quería escuchar algo en su voz, algo distinto, inusual, y no hallé nada de nada. “Te quiero” le dije dispuesto a colgar y cruzando los dedos. “Yo también te quiero, pues, amigo”, respondió y eso fue todo.
El día que me fui, me despedí de la familia, sin deseos de ver a Sandra. Chao tía, tío, Jean, primito, cuídate mucho, cuando venga nos robaremos las papayas que espero estén maduras y que no nos atrase Zoqui roto. Chao, cuídense. Me asomé a la ventana de puro curioso. La vi. Estaba en la azotea, mirándome así como yo la veía por dos meses, como un completo idiota, y sin respuesta. Le mandé un beso volado, ella hizo a la que atrapaba algo, un beso, y lo acercó a sus labios. Después agitó sus brazos con la palma abierta: “Chao”. “Chao, amor”.
Volvamos al comienzo de esta historia, o, mejor dicho, avancemos en el tiempo un par de años. Estaba instalado de nuevo en Lima, esta vez para siempre. Estudiando en Carlos Philips con Jean y Marilyn, mis primos. A Sandra no la había visto el verano pasado porque se fue de viaje a Cañete, donde tenía familiares.
Y en Carlos Philips sí la vi. La hallé sentada en las gradas de la escuela, con su hermanito menor que es mi homónimo: Anthony. Sin darle importancia me acerqué y la abracé. La sorprendí. Me miró entre extrañada y feliz. Le di un beso en la mejilla y no dejé de abrazarla, estaba comodísimo, y ella, también, me tocaba la mejilla y recostó su cabeza en mi hombro. Sonreíamos. Dos años, Sandrita, dos años que he guardado una carta que nunca te di, ni te la daré porque ya hasta me parece cursi. Ella estaba igualita como la recordaba, yo fui quien cambió. Si bien, seguía jugando trompo, me ensuciaba menos.

1 comentario:

Comentando...