jueves, 14 de febrero de 2008

¡Urbanidad!

A Esteban no le enseñaron a comportarse. Una vez que mi madre lo invitó a casa para almorzar juntos, Esteban, con sus quince años, se atrincheró en una esquina de la mesa exigiendo que la comida se dé prisa, que ya basta con tanta lerdez, carajo.
Ese día hacía bastante calor, no obstante Esteban usaba una chamarra gruesa de cuero. Como era de preverse empezó a sudar a cantidades enormes, entonces se remangaba los brazos para secar su frente, su mejilla, su barbilla y su cuello. Nos contó que estaba abrigado porque tenía una gripe inusual. Era verdad, los mocos se le caían de rato en rato, el pobre comenzó a succionarlos por la misma nariz haciendo una exhalación fuerte y sonora.
Sin embargo en casa lo queríamos mucho, era como parte de la familia, la familia que jamás tuvo. Nos contaba, entre risas, como su madre lo abandonó a su suerte, en los brazos de su tío Enrique y su malvada esposa, a su padre no lo pudo conocer, pues, se murió defendiendo el país de los senderistas en la inescrupulosa selva peruana. También supimos de su más grande secreto, que no era tan grave como él lo promocionaba, pero era gracioso. Sucedía que no se llamaba Esteban sino Estebano, como su papá, el héroe. Y Estebano detestaba su nombre con todas sus fuerzas, hasta nos hizo jurar no revelar su identidad, juramento que yo hice cruzando los dedos.
Recuerdo que comimos tallarín saltado, la especialidad de mamá. Esteban se quejó de que le sirvieran muy poco, le prometimos que iba a repetir si terminaba lo servido. Esteban fue el primero en terminar, no nos sorprendió en absoluto.
- Qué rápido come este muchacho - dijo mamá - deben aprender de Esteban que come todo.
- ¿Hay más?
- Sí, Esteban, ahora mismo te aumento.
Esteban aprovechó para bostezar y estirar los brazos lo más alto posible, después se movió con gracia, explicó que era necesario hacer eso para que la comida haga espacio en su interior. Nosotros, María, mi hermana, y yo, nos reímos a carcajadas. Entre risas le contábamos lo gracioso que se le ve haciendo esos movimientos. Estábamos aguantando la risa por mucho tiempo, ya era hora de liberar esa alegría atribulada. Esteban es un chiste. Recuerdo haberme reído hasta que me duela el estómago.
María fue la primera en callarse, la primera que reparó en que Esteban estaba llorando. Miré a mamá sin saber cómo reaccionar, me sentía vil.
Los brazos de Esteban limpiaban los mocos que se apresuraban en salir más rápido que antes. Se puso de pié. Se dirigió hasta la puerta de salida.
- No te vayas Esteban - atiné anodino.
Se fue. No lo hemos vuelto a ver. Esteban siempre dijo que nadie lo quería, nosotros lo quisimos, lo queremos todavía, extrañamos su compañía en la mesa, en nuestros corazones.

*Por la promesa que una vez hice, he cambiado el nombre de mi amigo a Esteban.

6 comentarios:

  1. Qué linda entrada. Te encuentro un escritor muy interesante, muy divertido y muy todo.
    Sigue alegrándome con tus entradas.

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  2. Una historia muy sentida. Me hizo sentirme triste y feliz en cada párrafo.

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  3. Es una historia jocosa y entretenida, hasta el personaje me parece que fuera una persona que conosco... =0

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  4. Espero tener más referencias sobre ti. Deberías poner tus libros para buscarlos. Es una enorme distracción y aprensión cuando leemos.

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